
La liturgia nos adentra en un nuevo adviento. Para los cristianos, con este tiempo comienza un nuevo año litúrgico. Parece que volvemos a iniciar un círculo que se ha cerrado y que se vuelve a abrir, como en una especie de repetición anual. Pero sabemos que no es así. No empezamos una nueva andadura para volver a pasar por donde ya habíamos pasado, ni siquiera para remarcar las pisadas. Seguimos avanzando por el camino de nuestra existencia, y ahí nada se repite. Caminamos hacia nuestra “casa” definitiva, sin prisas, pero con certeza inexorable y, tendríamos que decir, ilusionada, porque nuestra “casa”, nuestro hogar definitivo, no es un espacio oscuro, sino la luz del amor de un Padre, de una Madre, que nos espera, no sabemos cómo, pero nos espera...