Cuaresma 2011

Carta de nuestro párroco D. Alejandro, que en esta Cuaresma, nos prepara a la Pascua de Nuestro Señor Jesucristo.

 

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Con la celebración del Miércoles de Ceniza hemos iniciado, una vez más, al tiempo litúrgico de la Cuaresma. Cuarenta días en los que no celebramos propiamente nada, sino que nos preparamos para celebrar el misterio central de nuestra fe: la Pascua de Resurrección.

No estamos cerca de un tiempo cualquiera. Quien vive la Cuaresma seria y responsablemente descubrirá que ella es capaz de producir muchas cosas en nosotros, pues la acción de Dios se va realizando en quien ora, ayuna y comparte. El milagro más grande de la Cuaresma se ve en la Pascua: cómo el Señor resucitado se anida victorioso en la cotidianidad de la vida.

Si la Pascua es el triunfo de la Vida sobre la muerte, la Cuaresma es un anticipo de ese triunfo. Y la mejor manera de mostrar ese anticipo del triunfo de la Vida plena, es ya, ir llevando aquí una vida de calidad. La Conversión no es otra cosa que esforzarme por vivir una vida de calidad en un mundo de vidas tan superficiales, rutinarias, consumistas. Vivir una vida de calidad en esta sociedad, no es cosa fácil: es conflictivo. Incluso tenemos que pagar el precio de ser bichos raros, marginados. Nosotros, como creyentes, podemos asumir la cruz de la conflictividad, de la marginación, siguiendo sin temor el camino que ya recorrió Jesús. En el sentido de vivir la cruz de la Cuaresma, pero no una cruz que mata sino que vivifica.

En este sentido hemos de tener las cosas muy claras: No dejaremos de ser fieles por temor a “quemarnos”. En la conflictividad que asumimos, hemos de ser sencillos pero no ingenuos; prudentes pero no escurridizos. Hemos de discernir, como Jesús, los signos de los tiempos y del lugar, para actuar consecuentemente. Y en los momentos precisos, no guardaremos la vida, sino que podemos dar la cara.

Convetirnos al amor y a la solidaridad, esa tiene que ser nuestra Cuaresma. La vida y la felicidad y la realización de toda persona honesta están en el amar, en el compartir, en el vivir con y para los demás. Con esto, no solo imitamos a Dios que se solidarizó con nosotros y se hizo pobre, marginado, perseguido, ejecutado; sino que hacemos presente a Dios en nuestra vida porque ÉL ES AMOR. Vivir en solidaridad es calidad de vida, porque el otro es para ti, no un rival sino complemento, estímulo, fuente en tu propia personalidad.

El que no ama está muerto. Y es el egoísmo el que va matando en ti el amor, que es la auténtica vida. Es lo que llamamos crucificar el egoísmo y el individualismo, en sentido positivo, cultivando la solidaridad.

Hay, pues, por delante cuarenta días de camino, de desierto, de tentación, de luchas y de victorias. No estamos solos, contamos con la ayuda de Jesús.

Vuestro párroco y amigo Alejandro.

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